El zigzag del acto psicoanalítico: a la medida de lo singular

Gisela Smania
Bajo la clave “deseo de hallazgo” y la lectura del texto de J.- A. Miller propuesta como orientación, intentaré arrimarme a la divisa del acto analítico sirviéndome de un detalle clínico. Se trata, a mi entender, de ensayar la transmisión del nudo político que se teje entre la posición del analista, las chances de su acto, lo que destilan su presencia, su decir y el producto, el pasaje, la mutación producida en el propio análisis.
Contamos, como punto de partida, con el paso decidido de Lacan a la hora de “despsiquiatrizar, generalizar”[2] la noción de acto, para llevarnos sin más a reflexionar sobre su estructura fundamental. Se trata para él de sacar esta noción del barro de lo conductual para hacernos captar enteramente su dimensión ética, en tanto horizonte de la experiencia analítica. Lo dirá con todas las letras en su reseña del Seminario El acto analítico: “ni visto ni conocido fuera de nosotros, nunca localizado, menos aún cuestionado, he aquí lo que suponemos desde el momento electivo en que el psicoanalizante pasa a psicoanalista”[3]. Subrayo aquí el carácter electivo, la elección jugada a cada paso en la formación.
Ahora sí, una breve viñeta. Un púber es traído a rastras por su madre a mi consultorio, hace ya varios años. Su obesidad, su desgano lo hacen transcurrir los días sin moverse de la cama, “hecho pis”. Ha pasado por distintos tratamientos psi que no han hecho más que “desoír el inconsciente (…) aplastarlo”[4]. Este derrotero de consultas signado por el régimen de lo útil lo ha conminado a volverse, por su propio bien, gerente de sus acciones y pensamientos: debe aprender a manejar su rapto con la comida, a levantarse por las noches para ir al baño, debe saber comportarse en el lazo social, etc. El caso parece seguir la pista del ejemplo que, con gracia, nos acerca Miller en su Curso Piezas Sueltas, cuando evoca el ensayo que Skinner propone con su utopía Walden Two. Cuyo objetivo es inocular en los niños desde temprano las mieles del control self, a los fines de que sepan abstenerse de chupar su chupete y llevarlo luego -a fuerza del Superyó- “colgado alrededor de su cuello como trofeo, a la manera de crucifijo”[5].
Ejerzo al recibirlo por primera vez un acto de bienvenida paradojal. Por mi parte, ni una pizca de entusiasmo, portando más bien en el semblante el signo de pesadumbre que captaba. Le hago escuchar que suponía lo difícil que era para él moverse hasta mi consultorio pero que aun así lo esperaría, sin ningún anhelo de solución, orientándome más bien por el paradigma problema-problema[6]. Transcurridos algunos encuentros, su angustia no se hace esperar: su padre lo quiere flaco; su madre lo cuida como si fuera un bebé. Me aproximo, exageradamente, lo tomo con fuerza por la rodilla y desde ahí le pregunto: ¿y vos? Eco en el cuerpo. Me mira sorprendido y me devuelve el guiño de una sonrisa que porta una vivacidad inédita, índice también de la inscripción de lo viril en el cuerpo. Se fundan ahí las coordenadas de la travesía en la que anduvimos durante más de ocho años, contando en la transferencia con ese toque de inicio que puso a la luz una insondable decisión, la de inventarse el modo, con su fallo, de anudarse a la vida.
NOTAS
- Lacan, J. (2012). El acto analítico, Otros Escritos, Buenos Aires: Paidós, p.401.
- Miller, J-A. (1988). Jacques Lacan: Observaciones sobre su concepto de pasaje al acto. Publicado en Infortunios del acto analítico.
- Lacan, J. (2012). El acto analítico, Otros Escritos, Buenos Aires: Paidós, p.401.
- Ibid, p.397.
- Miller, J-A.(2013) Piezas Sueltas, Buenos Aires: Paidós,p. 302.
- Para tomar la expresión de Jean Claude Milner.