Interlocución en el testimonio de Charly Rossi “Marca, Escritura, Lectura”

Beatriz Udenio
Sobre la interlocución, hace unas semanas atrás, cuando se presentó el número 29 de la revista “Attualitá lacaniana”, que ponía a trabajar la In-certezza, en Italia, Anna Aromí, actual Secretaría del Pase de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, fue invitada a la Conversación variada de esa revista, para hacerse interlocutora de la presentación de tres AE de la Escuela Una. Dijo allí que haría un “no comentario”, es decir, una interlocución que no se transformara en un S2 que tomará al testimonio como un S1, fijando allí una significación: la de que hay especialistas en la materia.
En cambio, dejar abierto lo que un AE transmite, implica apostar a lo que resuene en los que se hacen sus auditores e interlocutores. Y, lo que decimos con Lacan, es que lo que resuena surge en los bordes de un vacío, un agujero, un hueco, es decir, toca lo pulsional.
De tal manera, que a la hora de hacerme interlocutora de lo presentado por Charly hoy, me encontré sirviéndome de su primer relato junto al de su texto de hoy, y extrayendo algunas líneas de fuerza que hacen que se pueda leer, moebianamente, un testimonio junto con el otro, en un ir y venir en torno a ese vacío.
La interlocución que se produjo es la de Charly del Relato 1, con Charly del Relato 14. De lo que resulta que me haré función de ese ir y venir entre estos dos tiempos y estos dos relatos de su transmisión. Claro que no hubiera podido hacerlo si no me hubiera dejado tocar por las resonancias de los dos Relatos, y de otros que fue presentando. Y, con suerte, en este vaivén, volverá sobre Charly el eco de su decir, en esta escena colectiva de Escuela, que lo recibe y acoge, con la que él mismo destaca que va produciendo una elaboración conjunta.
Sobre el tema que trabajamos en la Jornada, podríamos decir que el rastro, la cicatriz de la evaporación del padre –en la familia tradicional, impotente pero no anónimo, deseante- da lugar a la segregación, tal como fue situado en la apertura y en varios trabajos. Pues la ciencia, el mercado o el derecho, pretenden taponar el agujero de lo inconciliable con nombres que designen los goces de cada quien. Esa es la segregación –cicatriz- vendiendo modos de goce que colectivizan.
Un psicoanálisis, puede hacer posible el rescate del sujeto de esa evaporación contemporánea, remitiéndose a una experiencia única, la de soportar lo que no es evaporable, porque es solo
agujero: lo único que toca de lo Simbólico lo Real. Por ello debe “fracasar” –de la buena manera, como solemos subrayar- resguardando ese vacío irreductible, resonante.
En el primer relato, Charly se refiere a que “cada uno debe recomponer la historia del psicoanálisis en su propio análisis, y “encontrar los nombres” que le convienen a su experiencia singular”. El asunto está de entrada allí, en el segundo párrafo del primer relato. El relato, como el padre, resultará una función cuyo nombre se multiplica. Es la serie que se abre, cuya resonancia está en el futuro…, sorprendiéndose del pasado. El movimiento del análisis ya se sitúa en esa topología.
En eso, el nombre, los nombres, pasan a tomar un lugar… Aún en el Relato 1, hablando de la primera entrevista con su última analista, Charly percibe que está en el puro blablabla, y su analista le espeta: “Háblame de tu padre”. ¡Así comienza!
Por ello, no es casual sino causal, que el primer tiempo de ese relato llevará por título “Del mito paterno”. Y el del texto de hoy se refiere al Padre y los nombres. ¿Qué operación nos transmite desde aquel primer relato a este? No da vueltas, dice que quería salvar al padre de su pecado, es decir, velar el agujero estructural: S (A barrado). En esto se a-pegaba al Otro, y al padre. Redujo así a esta versión de hoy, las anteriores: cuidar al padre, el padre anoréxico, el padre bebedor, el padre melancólico.
De esos nombres vergonzosos, se separa por vía de la lengua del exilio materno y un ídolo musical: Charly. ¿Pero a qué aún queda ligado? La falla en el saber, el padre como número, vacío, pone de relieve un goce siempre insensato, que golpea el cuerpo, en otra dimensión que la del nombre.
Allí entra el sueño de despedida de ese padre: “las cuentas con el padre están saldadas”. En efecto, dejar de exigir al padre, implica que las marcas que quedan del padre son las de la asunción, por parte del sujeto, de la castración paterna –que es de estructura.
Queda un resto: la madre en el bote iluminado. ¿Acaso un resto a tratar hasta saldar las cuentas con la madre? Parece que ese bote, que se fuga del sentido, es de otro campo….
Pasa de la melancolía que lo ligaba al padre, al síntoma maníaco, la impulsión: ¿por qué es su contraparte? Pues es vital, pero estragante. Ergo, mortifica igual, ya que rehúsa el vacío, el no todo.
La Voz materna, superyoica para el sujeto, es escuchada como un “todo” y “¡ya!”: “¡Tomatela de una vez!”. Allí, el acontecimiento de cegar un ojo sufre en el cuerpo lo que no se inscribe de otro modo. Aquí tenemos tela para cortar, Charly: el superyó quiere corregir el error de nacimiento, que en el sujeto se inscribe con una falla posterior: Ojo perezoso/ ¡Ojo! Perezoso! ¿La Madre pide más y vemos allí la cicatriz de lo que no le pone un palito en la boca?
Podemos retomar aquí la pregunta sobre qué opera del análisis en ese punto. ¿Tal vez porque llegamos al límite de lo decible, queda el saber leer ahí? Percibimos que es del análisis de donde se agarra el sujeto, para poder soltarse de ese Otro con el que está con-fundido.
¿Qué quiere la madre? Esa que se las toma a EEUU cuando el marido está en pleno duelo por la muerte de su propia madre; con su hijo y embarazada de su hija. Que el hijo se las tome, con ella, en el exilio.
¿El padre está “evaporado”, diluido allí, por la voz materna, que empuja a la manía?
En ese punto, la experiencia del análisis comienza a transitar su vía de elaboración para construir, escribir “le novo” de la historia, en significantes fuera de sentido, que se vuelven piezas sueltas, bricolajes. ¿Letra?
¿Y agarrado de qué –ya no con-fundido? Podríamos decir que del padre, rasgo vivo, ya no nombre. Versión del padre vivo, que hizo de esa mujer, su madre, causa de deseo.
Se circunscribe aquí algo que en el primer relato no encontré: la perspectiva maníaca de “hacer reír a toda costa”. Hay allí algo del “reírse del padre”, sirviéndose del uso de ese rasgo.
Me parece oportuno retomar ese “litoral difuso” entre humor e ironía. El humor permite hacerle una zancadilla al superyó materno, a la aspir-a-Dora, y vuelve cómico el falo materno de “ser el que se lo toma todo de una vez”
Entonces, ¿cómo sale del fantasma “Fundido con el Otro” hacia el sinthoma?
Transitando el silencio del Otro, que deviene S (A barrado). Una vez más, hay una mutación en el estatuto de los significantes amo: ¿devienen restos-letra? Que nos retorna a la relación entre restos, letra, piezas sueltas, bricolaje.
El goce se separa del sentido cuando se desvela que se trata de un casamiento que la neurosis forzaba: No hay relación proporción sexual.
La astucia, entonces, preludia el saber hacer allí con el sinthoma.
Con-fundido, aspir (a) do, sonoro puro: blablabla, hasta lograr tocar en lo sonoro, y no por el sentido, el misterio del principio de lo femenino.
Ese que la intervención de la analista, en el primer relato, sitúa con la diferencia entre bodies y body. En el “entre”, un agujero. La relación sexual no existe: lo múltiple de lo femenino, lo singular, el Uno del body. Ese agujero que resta, no se alcanza nunca.
Destaco, pues, tres escansiones.
- Del padre: el humor, no maníaco.
- De la madre: el Charly, tómatela de una vez.
- Del análisis: ¡Ya!, no me pesa. Doble vertiente: apremio y límite –hasta acá.
Nombre múltiples, arreglo contingente e instantáneo, cuyo uso –no la autoría- hay que probar cada vez.
¿Es el modo en que el análisis continúa por otros medios, a partir del Pase?
Diría que sí, pues se palpa que Charly se nutre, cada vez, de las interlocuciones de cada testimonio que ofrece.