13 Nov 2023

La pasión de Lacan

Dossier

Leonardo Gorostiza

Hace algunas semanas, Sabina Serniotti –actual Directora de la Sección Santa Fe de la EOL e integrante del Cártel Epistémico para esta Jornadas junto con Camila Candioti, Silvia Puigpinos y Gabriela Spina, cártel del cual he tenido el gusto de funcionar como más uno, y en interlocución con Beatriz Udenio, enlace con el Consejo de la EOL en la Instancia Diagonal-, como les decía, Sabina me escribió preguntándome el título que iba a proponer para esta conferencia a fin de incluirlo en el programa.

Lo primero que pensé es si simplemente no podría llamarla “Interlocución”. Es decir, que este momento de las Jornadas no se redujera a una clásica conferencia donde yo expondría ante todos ustedes algo en torno al tema de las Jornadas, leyéndola –como lo estoy haciendo ahora, lo cual por este medio a distancia y virtual suele volverse algo cansador y no solo para el expositor sino en particular para el auditorio-, sino que pensé que tal vez lo más animado sería pasar directamente a una interlocución con Beatriz Udenio, en la que ambos pudiéramos intercambiar ideas, preguntas, conjeturas a partir de varios textos en los cuales con antelación ya abordé, para decirlo sencillamente, la problemática de la interpretación en la enseñanza de Lacan y, en particular, la práctica de la interpretación más allá del Edipo o bien, del Padre.

Sin embargo, tal vez urgido por el pedido de Sabina, leyendo un texto, una frase apareció ante mis ojos, una frase que me pareció que, extrayéndola, podría ser un muy buen título para esta conferencia. De allí surgió proponer el título que ya figura en el programa y que ustedes han podido leer: La pasión de Lacan.

Confieso que me gustaba y me gusta este título, y que más aún, obtuve una cierta satisfacción cuando tanto Sabina como Beatriz me escribieron diciendo que este título les “encantaba”.

Sin embargo, la idea original de que abordamos este espacio más bien al modo de una verdadera interlocución, retornó cuando –hace un par de días- nos comunicamos con Beatriz para acordar cómo trabajaríamos.

De modo que lo que le propuse, y a lo que ella gentilmente consintió, es que mejor podríamos llamar ahora a esta conferencia: Interlocución en torno a la pasión de Lacan.

Porque lo que a continuación haré será intentar transmitirles solo una suerte de introducción a este tema, para luego pasar directamente a un intercambio con Beatriz y, por supuesto, con las integrantes del Cártel Epistémico, respecto de las numerosas cuestiones que se abren a partir del título de estas Jornadas: “Deshacer con la palabra lo que fue hecho con la palabra

¿Qué práctica analítica más allá del Padre?”

Entonces, ¿qué es o cuál fue “la pasión de Lacan”?

En primer lugar, no solo habría que entender “pasión” en el sentido de un apasionamiento por algo. Eso desde ya que lo sabemos. Lacan fue siempre un apasionado por desentrañar los fundamentos de nuestra práctica como analistas, y de allí que se remitiera a lo más evidente tan desatendido por los post freudianos: la práctica del psicoanálisis es una práctica de palabra. Es el punto de partida pragmático de Lacan. En un psicoanálisis uno de los dos integrantes de ese lazo habla mucho –el analizante-, y el otro –el analista- también habla, aunque en general menos. Pero aunque el analista se quede en silencio, sabemos que eso también forma parte de los poderes de la palabra. De allí la conclusión más imple: si el síntoma es concebido como un nudo hecho de y por acción de las palabras, no hay otro medio para deshacerlo que mediante las palabras.

Pero la palabra “pasión”, sabemos que puede tener otro sentido, el de “padecimiento”. Por eso hablamos, por ejemplo, de “la pasión de nuestro Señor Jesucristo”. ¿Podríamos leer así nuestro título, como el “padecimiento” de Lacan? Vamos a ver que eso no está excluido. Pero lo que sí no podríamos hacer es volverlo equivalente a “la pasión de Cristo”. Lacan mismo lo destaca cuando, en su Seminario 20, Aún, dice con todas las letras lo siguiente:

…la historieta de Cristo se presenta, no como la empresa de salvar a los hombres, sino a Dios.”[1]

Y luego concluye:

Freud salva así, de nuevo, al Padre. En lo cual imita a Jesucristo.”[2]

Resulta claro entonces que la pasión de Lacan, la que lo llevó a proponer una dirección de la cura más allá del Edipo, más allá del Padre, no podría ser una pasión a lo Jesucristo, sino tal vez su negativo. Lo cual igualmente deja abierta la pregunta de si acaso no puede ser concebible un padre más allá del Edipo.

Pero entonces, y para ir al grano: ¿cuál texto me encontraba leyendo cuando esa fórmula “la pasión de Lacan” saltó ante mis ojos? Tal vez algunos de ustedes ya lo tengan presente. Estaba leyendo el curso de Miller Todo el mundo es loco. Allí, en la página 284, me topé con

esta fórmula. Lo leo ahora con cierta extensión. Se encuentra en la clase XV titulada “El goce opaco del síntoma”:

“La exclusión del sentido –se podría decir– fue la pasión de Lacan. Digo pasión porque lo afectó (lo experimentó). No se puede decir que, en su enseñanza, lo ininteligible haya adornado la punta de sus banderas como si fuese el vellocino de oro. No fue el Argonauta de lo ininteligible.”[3]

Es en un movimiento continuo que su enseñanza, su práctica del psicoanálisis, lo imantó, lo condujo a ser imantado por lo ininteligible.”[4]

Tengamos presente que “inteligible” denomina todo aquello que resulta comprensible para el intelecto, que está dotado de coherencia y de racionalidad. De allí la importancia de el neologismo (réson) acuñado por el poeta Francis Ponge, que equivoca “resonancia” con “razón” y al cual Lacan acude para caracterizar un modo interpretativo que apunte a lo real como excluido del sentido.

¿Y cuál es el significado de “ininteligible”?

Obviamente, califica aquello que no es inteligible: es decir, que no puede entenderse. Entre los sinónimos podemos destacar: incomprensible, críptico, incognoscible, indescifrable o ilegible. Esto nos resulta interesante para el tema de las Jornadas porque en cierto sentido indica que al “deshacer con la palabra lo que fue hecho con la palabra”, a lo que podremos arribar –cuando esto es posible- es a un núcleo ilegible imposible de deshacer. En cierto modo alude a lo que alguna vez propuse llamar “el principio de lo ininterpretable” como un principio de la práctica lacaniana. Podemos luego volver sobre este punto.

Prosigo ahora un poquito más con el texto de Miller:

“Ese ininteligible –dice-, incluso enunciado como un no hay nada que entender … (…) no impedía que sus enunciados (los de Lacan cuando hacía dibujos topológicos) presenten como una coherencia de ab-sens (…), como una coherencia de sentido ausente.”[5]

“La ausencia de sentido es totalmente –perfectamente- compatible con la coherencia y podríamos decir que un cálculo matemático es un ejemplo de ello.”

Hay aquí un pasaje de la palabra, del significante, a la letra. Podríamos decir entonces que “deshacer con la palabra lo que fue hecho con la palabra” presupone una operación de reducción que lleva a la localización de la letra del síntoma.

“La exclusión del sentido es en efecto un vector de su enseñanza y tal vez el que más haya profundizado, pero la sorpresa viene de que esta exclusión califique el goce del síntoma. Es incluso la marca de una ruptura.”[6]

Efectivamente: en 1976 (Conferencia “Joyce el síntoma”, de la cual hemos tomado un párrafo muy sugestivo para el Argumento de estas Jornadas) Lacan plantea que el goce opaco del síntoma excluye el sentido, mientras que tres años antes (“Televisión”, 1973) hablaba de Joui-sens (goce sentido, sentido gozado).

Entonces, se pregunta Miller: “¿el goce es goce-sentido, sentido gozado o está excluido del sentido (excluye el sentido)?”[7]

Esta es una de las preguntas centrales del psicoanálisis en la medida en que sus medios son los de la palabra y ésta, la palabra, tiene la propiedad de conferir un sentido.

Ocurre que por poco que nos deslicemos en esa pendiente, si hacemos de ello la orientación central de las curas, podemos recaer en el sentido que siempre es religioso.

“¿Acaso no es caridad, en Freud, -decía Lacan en su Seminario 20– el haber permitido a la miseria de los seres que hablan decirse que existe –ya que hay inconsciente- algo que trasciende de veras, y que no es otra cosa sino lo que esta especie habita, a saber, el lenguaje? Sí, -afirma enfáticamente Lacan- ¿acaso no es caridad anunciarle la nueva de que en todo cuanto es su vida cotidiana encuentra en el lenguaje un soporte de más razón de lo que podría creerse…?”[8]

Tomar este sesgo, que implica destacar –como lo hace Lacan- que la invención del inconsciente freudiano, el inconsciente que está estructurado como un lenguaje, es decir, el inconsciente semblante, ha sido un acto de caridad con la especie, me llevó a la siguiente conclusión: si Freud mismo afirmó que el psicoanálisis no habría visto la luz de no ser por la declinación de las religiones, ¿por qué no pensar que la invención del inconsciente freudiano ha sido algo así como la invención de un nuevo orden simbólico ante la vacilación del orden simbólico preexistente? ¿Y cómo no ver, en el hecho de que Lacan haya reiterado en varias oportunidades que su proyecto consistía en abordar “el proyecto freudiano al revés”, que para él precisamente se trataba de cuestionar los límites del proyecto freudiano en lo que este tuvo de acto de caridad con la especie?

Aquí tal vez podríamos encontrar entonces una respuesta a lo que antes planteaba de concebir la pasión de Lacan como el negativo, el revés, de la Pasión de Jesucristo. Permitirle a aquél que se confía a nuestra acción como analistas que pueda llegar –si eso es posible- al límite del sentido, al límite de lo legible, aunque no haya grado cero del sentido y siempre permanezca “una sombra de sentido”.[9] Esto tal vez se haga más inteligible si diferenciamos la ley del significante de la ley del Nombre del Padre.

De todos modos, como ya señalamos en el Argumento, el psicoanálisis no puede hacer otra cosa que proponer resolver el goce del síntoma por el sentido, es decir, volverlo transparente hasta alcanzar y localizar su núcleo de opacidad. Porque es precisamente en el contexto de su ultimísima enseñanza que Lacan no deja de preservar un lugar para la función, ya no religiosa, del padre. Lo hace cuando afirma que el análisis al recurrir al sentido para resolver el goce del síntoma, “no tenga ninguna otra posibilidad para lograrlo más que haciéndose incauto…del padre…”[10] Podemos volver sobre esto luego.

Por todo esto, creo podemos afirmar que la pasión de Lacan –la exclusión del sentido- ha sido la respuesta a su propio problema como practicante del psicoanálisis. Lo que Miller llamó “el problema de Lacan”: de qué manera con la palabra, con el significante, con el sentido, es posible incidir en la pulsión, el cuerpo, o el goce y localizar un real. Respuesta: suscitando, por medio de aquello que induce sentido, una experiencia de la exclusión del sentido.

Por último, y antes de pasar a la interlocución, solo voy a retomar unas breves líneas que escribí para un anticipo hacia las Jornadas de la Sección Córdoba de la EOL. Entiendo que se encuentran en el mismo eje de lo que en estas Jornadas vamos a trabajar. Lo titulé así:

El decir jaculatorio

En el título de estas próximas Jornadas de la EOL Córdoba, “¿Cómo te lo digo?”, el acento convendría situarlo en el “cómo”. No en el contenido de los dichos a proferir sino en el decir que, con su ex-sistencia, los sostiene. Parafraseando el último poema del gran Samuel Beckett, siempre se tratará de “¿Cómo decir?”

“Decir” que Lacan afina en su ultimísima enseñanza mediante la referencia a la jaculatoria, palabra que proviene de la religión: breve invocación dirigida a Dios, lanzada como una jabalina para intentar alcanzar lo indecible del y en el Otro, es decir, su punto de opacidad. Es por eso que Lacan elogió las jaculatorias de los místicos que no son “ni palabrería ni verborrea”.[11] ¿Por qué? Porque un silencio siempre acompaña a la jaculatoria; un silencio inherente a la jaculatoria por cuanto ésta, aunque proferida como un breve dicho o sonido, indica que hay un indecible. Y allí, precisamente se sitúa el “decir”.

De este modo, la práctica psicoanalítica así como la ascesis de los místicos apuntan y testimonian del agujero de lo indecible. Pero los místicos, si bien prueban la experiencia de dicho agujero también testimonian de su fascinación con él, ya que lo leen como prueba de la correspondencia y armonía del alma con Dios.

Mientras que en el psicoanálisis –los testimonios del pase deberían apuntar a esto- no se trata ni de una fascinación con el misterio de lo indecible, ni tampoco de una fascinación con la hystorización que, construida con “dichos” siempre necesarios para la transmisión, pueden deslizarse a transformar el agujero de lo indecible en un vacío propicio para la identificación histérica. Se trata, por el contrario, de hacer a partir del agujero un matema, que lo constate y lo localice, pagando el precio del fuera de sentido[12].

Así, el decir jaculatorio puede ser tanto el que se transmite en la interpretación proferida por el analista -cuando no opera como una traducción sino que aísla con su intervención un S1 que no haga cadena-, tanto como un nuevo significante o un nuevo uso de un significante inventado por el sujeto, desprendido del analizante. Tal es así que, si en la jaculatoria enunciado y enunciación ya no se diferencian, podríamos hablar de “el decir del análisis”. Un decir jaculatorio desprendido de la remisión a quién lo enuncie.

Sea como fuere, en ambos casos se trata de indicar tanto lo que no hay, es decir un imposible, como lo que sí hay: un goce opaco por excluir el sentido.

Parafraseando a San Juan de la Cruz, sería propiciar el advenimiento de una “música callada”, pero aquella que, lejos de toda aspiración mística, no apunta a ninguna idea de armonía o correspondencia sino a indicar ese nudo silencioso y opaco que anida en el corazón del parlêtre. Ese nudo que alguna vez Lacan mismo llamó “el nudo de lo ininterpretable”.[13]

Es por todo esto que considero podemos concluir diciendo que la pasión de Lacan, es decir, la exclusión del sentido, puede ser precisamente el hilo conductor de y para una práctica que intente y pretenda orientarse más allá del Padre.


NOTAS

  1. Lacan, J.,(1981).El Seminario, Libro 20, Aún, Paidós, Barcelona,p.131.
  2. Ibídem, p. 132.
  3. Miller, J-A., (2015). Todo el mundo es loco, Paidós, Argentina, p. 284.(En lo que sigue de este texto, negritas y aclaraciones entre paréntesis e itálicas mías).
  4. Este párrafo falta en la versión en castellano.
  5. Ibídem, nota 3.
  6. Ibídem.
  7. Ibídem, p. 285.
  8. Lacan, J., (1981). El Seminario, Libro 20, Aún, Paidós, Barcelona, p.116.
  9. Miller, J.-A., (1996) Entonces: “Sssh…”, Minilibros EOLIA Barcelona-Buenos Aires, Buenos Aires. Mes de Julio, p. 42.
  10. Lacan, J. (1975). “Joyce el síntoma”. Otros escritos. Paidós. Argentina. 2012. p. 596
  11. Lacan, J., (1981). Seminario 20, AUN, Paidós, España, p.92.
  12. Miller, J.-A., El banquete de los analistas, Paidós, Argentina, p.128/129.
  13. Lacan, J., (2012).“La equivocación del sujeto supuesto saber”, en Otros escritos, Paidós, Argentina,p. 357.